El pirata

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—¡A ti te esperaba! —dijo ella en voz baja, con un ligero matiz de sorpresa ante la pregunta, pero con el pensamiento evidentemente puesto en el misterio de Peyrol—. Sí, esta tarde les sorprendí, a los dos, a él y a Catherine, en la cocina, mirándose y quietos como ratones. Le dije que no podía darme órdenes. ¡Oh, mon chéri, mon chéri! No escuches a Peyrol, no le permitas…

Arlette se levantó apoyándose ligeramente en las rodillas de Réal, quien se levantó también, murmurando:

—No puede hacerme nada.

—No le digas nada de esto. Nadie sabe lo que piensa, y ya ni siquiera yo puedo decir lo que significan sus palabras. Es como si guardara un secreto.

Puso tal acento en aquellas palabras que a Réal casi se le saltaron las lágrimas. El teniente repitió que Peyrol no podía ejercer influencia alguna sobre él, y lo dijo persuadido de que decía la verdad, convencido de lo que manifestaban sus palabras. Desde que abandonara el Almirantazgo, vestido con su uniforme bordado en oro e impaciente por regresar junto a sus invitados, se debía a la misión para la que se había presentado voluntario. Por un momento tuvo la impresión de que un fleje de hierro le ceñía estrechamente el pecho. Ella lo miró muy de cerca, y aquello superó todo lo que podía soportar.


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