Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Todos los presentes, con la única excepción del caballero que tenía las manos en los bolsillos, abrieron la boca y los ojos y clavaron la mirada en el acusado. El aliento de todos los pechos voló hacia él como una ola arrastrada por la corriente; varias cabezas inquietas se inclinaron con esfuerzo para verlo en torno a las columnas, en los rincones y en las ventanas; los que estaban en el anfiteatro se levantaron para no perder un detalle de un espectáculo tan interesante; los que se hallaban al nivel de la mesa del tribunal apoyaron las manos en los hombros de las personas que tenían delante y los demás se encaramaron en sus asientos, en el borde de una alfombra, en cualquier parte, para contemplar al héroe del drama que iba a dar comienzo. Entre estos últimos destacaba Jerry, como un trozo viviente del muro de espinos de la prisión de Newgate, mezclando su aliento a cerveza (se había bebido una de camino) con los de aguardiente, ginebra, té, café, vino y mil cosas más que se dirigían al acusado, y que ya se disolvían ante las anchas ventanas que tenía detrás en una mezcla impura de neblina y lluvia.






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