Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Es cierto, Charles. Temo que hemos llegado tarde para salvarlo, y tal vez su situación no tiene remedio ya, pero estoy segura de que es capaz de ser leal, de sacrificarse, de ser magnánimo.
Estaba tan hermosa en la pureza de su fe en aquel hombre perdido que Charles se habrÃa pasado horas enteras contemplándola.
—¡Charles querido! —dijo Lucie apoyando la cabeza en su pecho y mirándolo a los ojos—. ¡Recuerda cuánta fuerza nos da la felicidad y cuán débil es él en su miseria!
—No lo olvidaré, vida mÃa —respondió Charles, profundamente conmovido—; lo recordaré hasta el último momento.
E inclinándose sobre la cabeza adorada, acercó sus labios a los labios de rosa y estrechó con sus brazos la cintura graciosa y esbelta.
Si el hombre solitario que en aquel momento recorrÃa las calles oscuras hubiese podido oÃr su tierna confidencia, si hubiera podido ver las lágrimas de piedad que brotaban de sus ojos azules y que Charles enjugaba con sus labios, habrÃa exclamado en las tinieblas, y quizá no por primera vez:
—¡Bendita sea por su dulce compasión!