Oliver Twist
Oliver Twist El muchacho, animado por las entusiastas ponderaciones de la anciana llamó con los nudillos en la puerta del despacho de su protector, y al entrar, después de oír la frase sacramental de adelante, encontró al señor Brownlow en una estancia reducida, escondida en el centro de la casa, cuyas paredes desaparecían detrás de las estanterías llenas de libros que la cubrían. La habitación tenía una ventana que daba a unos jardines preciosos, frente a la cual estaba la mesa de trabajo ante la que encontró sentado al cariñoso anciano. Cuando éste vio entrar a Oliver, dejó vivamente el libro que estaba leyendo e hizo que el muchacho se acercara y sentara a su lado. Obedeció Oliver, maravillándose de que hubiera en el mundo mortal que pudiera leer tantos libros, que seguramente bastaban y aun sobraban, para hacer sabio a todo el género humano. No es de admirar que se maravillase, pues muchos, de bastante más experiencia que Oliver Twist, no aciertan a comprender el fenómeno de que, habiendo tantos libros, haya tan pocos sabios.
—Muchos libros y muy buenos, ¿no es verdad, hijo mío? —preguntó con dulzura el señor Brownlow al reparar en la curiosidad con que Oliver contemplaba los estantes.
—Muchos, sí, señor; nunca tuve ocasión de ver tantos —contestó Oliver.