Oliver Twist
Oliver Twist Bates contestó con un gesto de asentimiento, y habría contestado también verbalmente; pero le asaltó tan de repente el recuerdo de la huida de Oliver, que el humo de la pipa, al mezclarse con la carcajada provocada por aquél, subió hasta su cerebro, penetró por su garganta, descendió a los pulmones y determinó una tempestad de ruidosos estornudos que duró sus cinco minutos largos.
—¡Mira esto, Oliver! —dijo el Truhán, sacando del bolsillo un puñado de chelines y peniques—. ¡Esto es vivir! ¿Qué importa la procedencia? ¡Aprende, Oliver, aprende, y no seas tonto! El tesoro de donde los saqué no se ha agotado todavía. ¿No quieres probar?… ¿No? ¡Oh! ¡Idiota, más que idiota!
—Es cosa fea, ¿verdad, Oliver? —observó Bates—. Es oficio que lleva en derechura a los amorosos brazos de la viuda, ¿eh?
—No sé qué es eso —contestó Oliver.
—Una cosa semejante a esto: fíjate —dijo Bates.
Esto diciendo, tomó una de las puntas de su corbata, la alzó en el aire y seguidamente dobló la cabeza sobre un hombro, sacó la lengua y castañeteó los dientes de una manera especial, dando a entender por medio de aquella expresiva pantomima que abrazarse a la viuda y bailar en la horca era una misma cosa.