Oliver Twist

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—Por mí hablo —dijo el mismo que hablara antes—. Es natural y justo tener miedo en estas circunstancias. De mí puedo decir que tengo miedo.

—Y yo también —afirmó Britles—; pero no me gusta que me lo digan así, a boca de jarro.

Aquellas confesiones tan francas y espontáneas calmaron a Giles, quien reconoció inmediatamente que sentía tanto miedo como los demás, después de lo cual, el trío volvió grupas con ejemplar unanimidad. Era en realidad hermoso verles correr con acuerdo tan perfecto. Al fin el señor Giles, cuya respiración era más corta, y a quien dificultaba no poco una horquilla descomunal de que se había armado, pidió, de la manera más cortés, que se hiciera alto, asegurando que necesitaba excusarse por haber empleado con ellos un lenguaje demasiado vivo.

—Asusta verdaderamente pensar —dijo Giles luego que hubo dado sus explicaciones— lo que un hombre es capaz de hacer cuando se le enciende la sangre. Yo hubiera cometido un homicidio… sí, no me cabe la menor duda, si llego a atrapar a cualquiera de esos canallas.

Como sus dos compañeros abundaban en el mismo parecer, y el ardor de su sangre se había enfriado también, a las palabras de Giles siguió algo así como una investigación de las causas que hubieran determinado cambio tan radical en sus temperamentos.


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