Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Vamos.
‑SÃ, hay que llevarlo ‑insistió el burgués con vehemencia‑. ¿A qué ha ido allá arriba? No cabe duda de que tiene algún peso en la conciencia.
‑A lo mejor dice esas cosas porque está bebido ‑dijo el empapelador en voz baja.
‑Pero ¿qué quiere usted? ‑exclamó de nuevo el portero, que empezaba a enfadarse de verdad‑. ¿Con qué derecho viene usted a molestarnos?
‑¿Es que tienes miedo de ir a la comisarÃa? ‑le preguntó Raskolnikof en son de burla.
‑Es un vagabundo ‑opinó la mujer.
‑¿Para qué discutir? ‑dijo el otro portero, un corpulento mujik que llevaba la blusa desabrochada y un manojo de llaves pendiente de la cintura‑. ¡Hala, fuera de aquÃ… ! Desde luego, es un vagabundo… ¿Has oÃdo? ¡Largo!
Y cogiendo a Raskolnikof por un hombro, lo echó a la calle.
Raskolnikof se tambaleó, pero no llegó a caer. Cuando hubo recobrado el equilibrio, los miró a todos en silencio y continuó su camino.
‑Es un bribón ‑dijo el empapelador.
‑Hoy cualquiera se puede convertir en un bribón ‑dijo la mujer.
‑Aunque no sea nada más que un granuja, debimos llevarlo a la comisarÃa.