Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Nos imaginamos la eternidad ‑continuó Svidrigailof‑ como algo inmenso e inconcebible. Pero ¿por qué ha de ser asà necesariamente? ¿Y si, en vez de esto, fuera un cuchitril, uno de esos cuartos de baño lugareños, ennegrecidos por el humo y con telas de araña en todos los rincones? Le confieso que asà me la imagino yo a veces.
Raskolnikof experimentó una sensación de malestar.
‑¿Es posible que no haya sabido usted concebir una imagen más justa, más consoladora? ‑preguntó.
‑¿Más justa? ¡Quién sabe si mi punto de vista es el verdadero! Si dependiera de mÃ, ya me las compondrÃa yo para que lo fuera ‑respondió Svidrigailof con una vaga sonrisa.
Ante esta absurda respuesta, Raskolnikof se estremeció, Svidrigailof levantó la cabeza, le miró fijamente y se echó a reÃr.
‑FÃjese usted en un detalle y dÃgame si no es curioso -exclamó‑. Hace media hora, jamás nos habÃamos visto, y ahora todavÃa nos miramos como enemigos, porque tenemos un asunto pendiente de solución. Sin embargo, lo dejamos todo a un lado para ponernos a filosofar. Ya le decÃa yo que éramos dos cabezas gemelas.