Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Yo no le he quitado nada -murmuró Sonia, aterrada‑. Usted me ha dado diez rublos. MÃrelos. Se los devuelvo.
Sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo que habÃa en él, sacó el billete de diez rublos que Lujine le habÃa dado y se lo ofreció.
‑¿Asà ‑dijo Piotr Petrovitch en un tono de censura y sin tomar el billete‑, persiste usted en negar que me ha robado cien rublos?
Sonia miró en todas direcciones y sólo vio semblantes terribles, burlones, severos o cargados de odio. Dirigió una mirada a Raskolnikof, que estaba en pie junto a la pared. El joven tenÃa los brazos cruzados y fijaba en ella sus ardientes ojos.
‑¡Dios mÃo! ‑gimió Sonia.
‑Amalia Ivanovna ‑dijo Lujine en un tono dulce, casi acariciador‑, habrá que llamar a la policÃa, y le ruego que haga subir al portero para que esté aquà mientras llegan los agentes.
‑Gott der barmherzige! ‑dijo la señora Lipevechsel‑. Ya sabÃa yo que era una ladrona.
‑¿Conque lo sabÃa usted? Entonces no cabe duda de que existen motivos para que usted haya pensado en ello. Honorable Amalia Ivanovna, le ruego que no olvide las palabras que acaba de pronunciar, por cierto ante testigos.