Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Basta! No quiero seguir escuchando sus sucias y viles anécdotas, hombre ruin y corrompido.
‑¡Ah, escuchemos al poeta! ¡Oh Schiller! ¿Dónde va a esconderse la virtud… ? Mire, le contaré cosas como ésta sólo para oÃr sus gritos de indignación. Es para mà un verdadero placer.
‑Lo creo. Hasta yo mismo me veo en ridÃculo en estos instantes ‑murmuró Raskolnikof, indignado.
Svidrigailof reÃa a mandÃbula batiente. Al fin llamó a Felipe y, después de haber pagado su consumición, se levantó.
‑Vámonos. Estoy bebido. Assez causé ‑exclamó‑. He tenido un verdadero placer.
‑Lo creo. ¿Cómo no ha de ser un placer para usted referir anécdotas escabrosas? Esto es una verdadera satisfacción para un hombre encenagado en el vicio y desgastado por la disipación, sobre todo cuando tiene un proyecto igualmente monstruoso y lo cuenta a un hombre como yo… Es una cosa que fustiga los nervios.
‑Pues si es asà ‑dijo Svidrigailof con cierto asombro‑, si es asÃ, a usted no le falta cinismo. Usted es capaz de comprender muchas cosas. Bueno, basta ya. Siento de veras no poder seguir hablando con usted. Pero ya volveremos a vernos… Tenga un poco de paciencia.