El idiota
El idiota Ella, aunque reÃa, estaba indignada.
—¡Dormido! ¿Se habÃa usted dormido? —exclamó con despectivo asombro.
—Sà —repuso Michkin, soñoliento aún, reconociendo, con sorpresa, a la joven—. ¡Ah, ya! La cita… Me he dormido, si.
—Ya lo he visto.
—¿No me ha despertado otra persona? ¿Está usted sola? CreÃa que estaba aquÃ… otra mujer.
—¿HabÃa aquà otra mujer?
Las ideas de Michkin comenzaron a aclararse.
—Ha sido un sueño —contestó, pensativo—. Es extraño tener en tal momento un sueño asÃ. Siéntese…
Tomóla por la mano y la hizo acomodarse en el banco. Él se sentó también y meditó. Aglaya miraba atentamente al prÃncipe, sin hablar palabra. Él la miraba también, pero a veces parecÃa no verla. La joven se ruborizó.
—¿Sabe —dijo él con un escalofrÃo— que Hipólito se ha disparado un pistoletazo?
—¿Cuándo? ¿En su casa? —dijo ella, no testimoniando, sin embargo, una sorpresa excesiva—. Porque ayer noche vivÃa aún. —Y con súbita vivacidad añadió—: ¿Y ha podido usted dormirse después de eso?
—¡Si no ha muerto! Marró el tiro.