Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Me doy cuenta de que me aparto del curso del relato, pero en estos momentos únicamente quiero pensar en Nellie. Es extraño: ahora mismo, acostado en la cama de un hospital, abandonado por todos aquéllos a los que quise tanto, tan intensamente, ocurre en ocasiones que algún detalle insignificante de aquellos tiempos, que con frecuencia pasaba desapercibido y caía rápidamente en el olvido, de pronto me viene a la memoria, y mi mente en seguida le atribuye un significado completamente distinto, que explica cabalmente algo que hasta ahora había sido incapaz de comprender.

Durante los cuatro primeros días de su enfermedad, tanto el médico como yo estuvimos enormemente preocupados por ella, pero al quinto día el doctor me llevó aparte y me dijo que no había de qué preocuparse, que indudablemente se iba a recuperar. Se trataba del mismo doctor —aquel conocido mío, solterón, bonachón y excéntrico— al que había llamado la primera vez que Nellie cayó enferma y que tanto la había impresionado con su enorme cruz de San Estanislao colgada al cuello.

—¡Así que no hay de qué preocuparse! —dije, con gran alivio.

—Sí; por esta vez se va a recuperar, aunque después no tardará en morir.

—¿Que se va a morir? Pero ¿por qué? —grité, desconcertado ante su sentencia.


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