Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Salimos de la cocina (donde había tenido lugar nuestra entrevista) y el doctor se aproximó al lecho de la enferma. Sin embargo, Nellie, al parecer, nos había estado escuchando; en cualquier caso, había levantado la cabeza de la almohada y, volviéndose hacia donde estábamos, había intentado seguir la conversación. Yo lo había advertido a través de la rendija de la puerta entreabierta; pero, cuando nos acercamos a ella, la muy pícara volvió a meterse bajo las sábanas y nos miró con una sonrisa burlona. La pobrecilla había adelgazado mucho en esos cuatro días de enfermedad: tenía los ojos hundidos, aún tenía fiebre. De modo que aquel aire travieso y aquellas radiantes miradas provocativas que tanto sorprendían al doctor —el más bondadoso de los alemanes de San Petersburgo— desentonaban por completo en su rostro. Con toda seriedad, aunque esforzándose por suavizar su voz, el médico le expuso en un tono amable y cariñoso que aquellos polvos resultaban imprescindibles para su salvación y que, en consecuencia, estaba obligada a tomarlos. Nellie empezó a levantar la cabeza, pero, de repente, con un movimiento aparentemente accidental del brazo, golpeó la cuchara, y toda la medicina volvió a caerse al suelo. Estoy convencido de que lo hizo a propósito.