Los hermanos Karamazov

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—No, no lo digo por eso. Empiece por no mentirse a si mismo. El que se miente a si mismo y escucha sus propias mentiras, llega a no saber lo que hay de verdad en él ni en torno de él, o sea que pierde el respeto a sí mismo y a los demás. Al no respetar a nadie, deja de querer, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos. Llega a la bestialidad en sus vicios. Y todo ello procede de mentirse continuamente a sí mismo y a los demás. El que se miente a si mismo, puede ser víctima de sus propias ofensas. A veces se experimenta un placer en autoofenderse, ¿verdad? Un hombre sabe que nadie le ha ofendido, sino que la ofensa es obra de su imagipación, que se ha aferrado a una palabra sin importancia y ha hecho una montaña de un montículo; sabe que es él mismo el que se ofende y que experimenta en ello una gran satisfacción, y por esta causa llega al verdadero odio... Pero levántese y vuelva a ocupar su asiento. Ese arranque también es falso.

—¡Déjeme besar su mano, bienaventurado padre!

Y Fiodor Pavlovitch se levantó y posó sus labios en la mano descarnada del starets.

—Tiene usted razón —siguió diciendo—. Ofenderse a uno mismo es un placer.


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