Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Entonces creí que se refería a su corazón, a la energía que podría desarrollar para librarse de una espantosa vergüenza que le amenazaba y que no se atrevía a confesarme. A decir verdad, al principio creí que aludía a nuestro padre, que se estremecía de horror al pensar que podía cometer algún acto de violencia contra él.
Pero después adverti que se daba los golpes no en el corazón, sino más arriba, cerca del cuello, y entonces pensé que se refería a algó que llevaba sobre el pecho y que este algo podía ser la bolsita de cuero donde guardaba los mil quinientos rublos.
—¡Exacto, Aliocha! —exclamó Mitia—. Era la bolsita de cuero lo que yo señalaba.
Fetiukovitch le rogó que se calmase y volvió a dirigirse a Aliocha, que, enardecido por el inesperado recuerdo, expuso con vehemencia la hipótesis de que la vergüenza de su hermano procedía de que, pudiendo restituir aquellos mil quinientos rublos a Catalina Ivanovna para saldar la mitad de su deuda, había decidido compartirlos con Gruchegnka si ésta lo aceptaba.
—¡Eso fue, eso fue! —exclamó Aliocha con creciente ardor—. Mi hermano me dijo que podría borrar la mitad de su vergüenza..., así lo dijo: «la mitad». Lo repitió varias veces..., y añadió que la debilidad de su carácter se lo impedia...