Los hermanos Karamazov

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—Se lo preguntaré —murmuró Aliocha—. Yo creo que por tres mil rublos, Dmitri...

—No, no; ya no has de preguntarle nada. Lo he pensado mejor. Fue una locura que tuve ayer. No le daré nada, ni un céntimo. El dinero lo necesito para mí —

repitió Fiodor Pavlovitch con expresivo ademán—. De todas formas, le aplastaré como a un gusano. No, no le digas nada. Y como aquí ya no tienes nada que hacer, vete. Oye: ¿tú crees que Catalina Ivanovna, esa novia que Dmitri me ha ocultado siempre con tanto temor, se casará con él? Ayer fuiste a verla, ¿verdad?

—No quiere dejarle de ningún modo.

—Tales son los hombres de que se enamoran esas ingenuas damiselas: los libertinos, los bribones. Esas pálidas criaturas son unas infelices. Si yo tuviera la juventud de Mitia y la presencia que tenía de joven, no la suya, pues a los veintiocho años yo valía más que él vale ahora, tendría el mismo éxito... ¡El muy canalla! Pero no tendrá a Gruchegnka, no la tendrá. Lo aniquilaré.

Otra vez perdió el humor.

—Y tú vete —dijo a Aliocha secamente—. Hoy no tienes nada que hacer en mi casa.

Aliocha se acercó a él para despedirse y le dio un beso en el hombro.


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