Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Pues claro que los hay! A ese muchacho puede haberle mordido un perro rabioso. Entonces él ha contraÃdo la rabia y ha mordido como el perro... ¡Qué bien lo ha curado mi hija, Alexei Fiodorovitch! Yo no habrÃa sabido hacerlo como ella.
¿Le duele?
—Muy poco.
—¿No le da miedo el agua? —preguntó la joven.
—¡Pero Lise! Porque se me ha ocurrido, sin duda imprudentemente, recordar que existe la hidrofobia, al hablar de ese muchacho, sólo Dios sabe lo que has supuesto... Oiga, Alexei Fiodorovitch: Catalina Ivanovna se ha enterado de su llegada y tiene gran interés en verle.
—¡Oh mamá! Ve tú sola. Él no puede: le duele mucho la herida.
—No me duele en absoluto —protestó Aliocha—. Puedo ir perfectamente.
—¿Conque quiere marcharse? Está bien.
—Cuando haya terminado con ella, volveré y charlaremos cuanto le plazca.
Quiero ver en seguida a Catalina Ivanovna, porque asà podré regresar antes al monasterio.
—¡Llévatelo, mamá! Alexei Fiodorovitch, no se moleste en venir a verme después de haber hablado con Catalina Ivanovna. Váyase en seguida al monasterio, pues allà está su vocación. Además, estoy deseando irme a dormir: no he pegado los ojos en toda la noche.