Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

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Defendiendo mis ideas, adopto la actitud del autor que no soporta la critica.

—Tal vez tú mismo eres un francmasón —dijo Aliocha—. Tú no crees en Dios

—añadió con profunda tristeza.

Además, le parecía que su hermano le miraba con expresión burlona.

—¿Cómo termina tu poema? —preguntó con la cabeza baja—. ¿O acaso ya no ocurre nada más?

—Sí que ocurre. He aquí el final que me proponía darle. El inquisidor se calla y espera un instante la respuesta del Preso. Éste guarda silencio, un silencio que pesa en el inquisidor. El Cautivo le ha escuchado con el evidente propósito de no responderle, sin apartar de él sus ojos penetrantes y tranquilos. El viejo habría preferido que Él dijera algo, aunque sólo fueran algunas palabras amargas y terribles. De pronto, el Preso se acerca en silencio al nonagenario y le da un beso en los labios exangües. Ésta es su respuesta. El viejo se estremece, mueve los labios sin pronunciar palabra. Luego se dirige a la puerta, la abre y dice: « ¡Vete y no vuelvas nunca, nunca!» Y lo deja salir a la ciudad en tinieblas. El Preso se marcha.

—¿Y qué hace el viejo?

—El beso le abrasa el corazón, pero persiste en su idea.


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