Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov ¿Qué importa que esta justicia que Aliocha esperaba tomase, debido a las circunstancias, la forma de un milagro a través de los restos mortales del que había sido su idolatrado director espiritual? En el monasterio, todos pensaban en estos milagros y los esperaban; todos, incluso aquellos a los que él reverenciaba, como el padre Paisius. Aliocha conservaba intacta su fe, pero compartia las esperanzas de los demás. Un año de vida monástica lo había habituado a pensar así, a permanecer en aquella actitud de espera. Pero no tenía sed de milagros, sino de justicia. Aquel de quien él esperaba que se elevara por encima de todos, estaba humillado y cubierto de vergüenza. ¿Por qué? ¿Quiénes eran ellos para juzgar lo sucedido? Estas preguntas atormentaban a su alma inocente. Se sentía ofendido a indignado al ver al más justo de los justos entre las risas malignas de seres frivolos muy inferiores a él. Que no se hubiera producido ningún milagro, que hubieran sufrido una decepción los que esperaban, podía pasar. ¿Pero por qué aquella vergüenza, aquella descomposición, tan rápida que se había adelantado a la naturaleza, como decían los malos monjes? ¿Por qué aquella «advertencia» que representaba un triunfo para el padre Teraponte y sus seguidores? ¿Por qué se creían autorizados a exteriorizar semejante actitud? ¿Dónde estaba la Providencia?