Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Le hirió bruscamente, como el rayo. De pronto, se realizaba lo que él había estado esperando toda su vida con un estremecimiento de terror. Parecía que a lo largo de su existencia había permanecido suspendida un hacha sobre su cabeza, que a lo largo de su existencia había aguardado hasta aquel instante, entre sufrimientos increíbles, dispuesto a que el hacha le golpeara. Por fin, le había golpeado. El golpe fue mortal. Quería huir; pero no sabía hacia dónde dirigirse. La última esperanza se había desvanecido; se destruyó el último pretexto: el de que la vida había sido para él una carga durante muchos años, el de que la muerte, puesto que él lo creía en su ceguera, debía conducirle a su resurrección. Ella había muerto. Al cabo estaba solo; nada le estorbaba ya. ¡Al cabo era libre!… Por última vez, en un acceso de desesperación, había querido juzgarse a sí mismo, condenarse despiadadamente, como un juez equitativo; pero su arco había sido débil, y solo débilmente había podido repetir la última frase musical del genio. En aquel momento la locura, que le acechaba desde hacía diez años, le había atacado irremisiblemente…