El caballero de la casa roja

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Capítulo II

La lucha no podía ser igualada. Incluso la mujer comprendió esto, porque dejó caer la cabeza sobre el pecho y lanzó un suspiro. En cuanto a Maurice, con el ceño fruncido, el labio levantado desdeñosamente, el sable desenvainado, permanecía indeciso entre sus sentimientos de hombre que le ordenaban defender a la mujer y sus deberes de ciudadano que le aconsejaban entregarla. De pronto brilló en una esquina el resplandor de varios cañones de fusil y se escuchó la marcha de una patrulla que, al advertir al grupo, hizo alto a diez pasos. El cabo gritó: «¿Quién vive?».

Maurice reconoció la voz de su amigo Lorin y le pidió que se acercara. El cabo avanzó al frente de la patrulla y, al reconocer a Maurice, le preguntó qué hacía en la calle a esas horas.

—Ya lo ves, salgo de la sección de Hermanos y Amigos.

—Sí, para ir a la de hermanas y amigas, ¿no es así?

¿Qué me importa que de día

no pueda verte, mi amada,

si allá en la noche callada

en tus brazos feliz soy?

Y en ellos aún me encuentra

al nacer la bella aurora,

y mil delicias, señora,


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