El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja La lucha no podía ser igualada. Incluso la mujer comprendió esto, porque dejó caer la cabeza sobre el pecho y lanzó un suspiro. En cuanto a Maurice, con el ceño fruncido, el labio levantado desdeñosamente, el sable desenvainado, permanecía indeciso entre sus sentimientos de hombre que le ordenaban defender a la mujer y sus deberes de ciudadano que le aconsejaban entregarla. De pronto brilló en una esquina el resplandor de varios cañones de fusil y se escuchó la marcha de una patrulla que, al advertir al grupo, hizo alto a diez pasos. El cabo gritó: «¿Quién vive?».
Maurice reconoció la voz de su amigo Lorin y le pidió que se acercara. El cabo avanzó al frente de la patrulla y, al reconocer a Maurice, le preguntó qué hacía en la calle a esas horas.
—Ya lo ves, salgo de la sección de Hermanos y Amigos.
—Sí, para ir a la de hermanas y amigas, ¿no es así?
¿Qué me importa que de día
no pueda verte, mi amada,
si allá en la noche callada
en tus brazos feliz soy?
Y en ellos aún me encuentra
al nacer la bella aurora,
y mil delicias, señora,