El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Dixmer y su socio parecieron respirar más libremente. Geneviève había escuchado todo el relato pálida, inmóvil y muda.

Morand, con su frialdad de costumbre, preguntó cómo se sabía que el caballero de Maison-Rouge formaba parte de la patrulla y Maurice explicó que le había reconocido un municipal, amigo suyo, que ese día estaba de servicio en el Temple; el caballero era un hombre de unos veinticinco años, pequeño, rubio, de rostro agradable, con ojos magníficos y dientes soberbios. Su amigo era un tibio y no le había denunciado por temor a equivocarse. Pero él, Maurice, no hubiera actuado de la misma manera: prefería equivocarse que dejar escapar a un hombre tan peligroso como el caballero de Maison-Rouge.

—¿Y qué hubiera hecho usted? —preguntó Geneviève.

—Hubiera ordenado cerrar todas las puertas del Temple, y cogiendo al caballero por el cuello le arrestaría por traidor a la nación. Se le habría procesado, junto con sus cómplices, y a estas horas ya habría sido guillotinado. Eso es todo.

Geneviève tembló y lanzó a su vecino una mirada de espanto. Pero Morand no pareció advertir la mirada y vaciando flemáticamente su vaso:

—El ciudadano Lindey tiene razón —dijo—; sólo había que hacer eso. Desgraciadamente, no se ha hecho.


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