El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Mi hija es una buena patriota, como yo. Gracias a Dios, los Tison son conocidos. Haz lo que te han dicho.

—¡Dios mío! ¡Cómo podría convencerla!

—¡Mi hija! ¡Quiero que se me devuelva a mi hija! Entrega el papel, Antonieta, entrégalo.

—Aquí está, señora.

Y la reina tendió a la desgraciada criatura un papel que ella elevó alegremente por encima de su cabeza, gritando:

—Venid, venid, ciudadanos municipales. Tengo el papel; tomadlo y devolvedme a mi hija.

—Sacrificáis a nuestros amigos —dijo a la reina su hermana.

—No, sólo sacrifico a nosotras mismas. El papel no compromete a nadie.

Maurice y su colega acudieron a los gritos de la señora Tison; esta les entregó el papel; lo abrieron y leyeron:

A oriente vela un amigo todavía.

Maurice se estremeció en cuanto posó los ojos en el papel. La letra no le parecía desconocida.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¿Sera la de Geneviève? Pero no, es imposible; estoy loco. Sin duda se parece, pero ¿qué podría tener de común Geneviève con la reina?


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