El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Peppino
En el mismo momento en el que el barco de vapor del conde desaparecÃa detrás del cabo Morgiou, un hombre, en silla de posta camino de Florencia a Roma, acababa de pasar la pequeña ciudad de Aquapendente. Iba lo suficientemente deprisa como para recorrer mucho camino, sin que sin embargo se hiciera sospechoso.
Vestido con un gabán, o más bien con un sobretodo que el viaje habÃa infinitamente desgastado, pero que permitÃa ver brillante y fresca aún una banda de la Legión de Honor, repetida en el traje, este hombre, no solamente por esa doble condecoración, sino también por el acento con el que hablaba al postillón, no podÃa ser más que francés. Una prueba más de que habÃa nacido en el paÃs de la lengua universal era que no sabÃa más palabras italianas que esas palabras de música que pueden, como el goddam de FÃgaro[1], reemplazar todas las sutilezas de una lengua particular.
—Allegro! —decÃa al postillón en la subida de cada cuesta.
—Moderato! —insistÃa en cada bajada.
¡Y sólo Dios sabe si hay subidas y bajadas desde Florencia a Roma por la ruta de Aquapendente!
Por lo demás, esas dos palabras causaban mucha risa a la buena gente a quien iban dirigidas.