Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Un proceso verbal hilvanado por la gente de toga acaso vale tanto como la palabra de honor de un hombre de espada? —respondió con arrogancia el capitán de los mosqueteros.

—Vamos, vamos, Tréville, callaos —dijo el rey.

—Si monseñor alimenta alguna sospecha contra uno de mis mosqueteros —repuso Tréville—, la justicia de m. el cardenal es sobradamente conocida para que yo reclame una información.

—Según tengo entendido —continuó Richelieu, impasible—, en la casa donde se ha verificado la visita domiciliaria de que estamos tratando vive un bearnés amigo del mosquetero.

—Vuestra eminencia se refiere a m. D’Artagnan.

—Me refiero a un joven a quien vos protegéis.

—El mismo es, monseñor.

—¿Y vos no sospecháis que ese mozo haya dado malos consejos?…

—¿A quién? ¿A m. Athos? ¿A un hombre que le dobla la edad? —interrumpió Tréville—; no, monseñor. Por otra parte, m. D’Artagnan pasó la velada en mi casa.

—¡Vaya! —profirió el cardenal—. ¿Con que todo el mundo pasó la velada en vuestra casa?


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