Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Pero Athos, lejos de curarse de la advertencia, se subió sobre la brecha y, con su mosquete en una mano y su sombrero en la otra, saludó cortésmente a los rochelanos, que mudos de pasmo ante aquella aparición, se detuvieron a unos cincuenta pasos de la malparada fortaleza, y les habló en los siguientes términos:
—Señores, algunos amigos y yo estamos almorzando en este bastión. Ahora bien, como ya sabéis que una de las cosas más desagradables para uno es que le estorben cuando a tal ocupación está entregado, os rogamos que si tenéis qué hacer aquà indispensablemente, aguardéis a que hayamos dado fin a nuestro almuerzo, o bien que volváis un poco más tarde; a menos que no os mueva el saludable deseo de abandonar el partido de la rebelión y veniros a beber con nosotros a la salud del rey de Francia.
—¡Cuidado, Athos! —gritó D’Artagnan—; ¿no ves que te apuntan los mosquetes?
—Sà lo veo —respondió Athos—, pero son paisanos que apuntan muy mal y no tiran a tocarme.
En efecto, al mismo instante resonaron cuatro mosquetazos y las balas llegaron a estrellarse en torno de Athos, pero sin que ninguna diese en él.