Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Porthos, Aramis y D’Artagnan imitaron a su amigo, y en cuanto a Grimaud, recibió la orden de colocarse detrás de los cuatro para cargar las armas.
Poco después los tres mosqueteros y D’Artagnan vieron aparecer el pelotón en una especie de galería de trinchera que unía el bastión con la ciudad.
—¡Diablos! —exclamó Athos—, no valía la pena incomodarnos por una veintena de gaznápiros armados de picos, palas y azadones. Bastaba que Grimaud les hubiese hecho seña de que se volvieran por donde habían venido, para que nos hubiesen dejado en paz, estoy seguro de ello.
—Pues yo no —repuso D’Artagnan—; avanzan de este lado muy resueltos. Por otra parte, con los paisanos no van más que cuatro soldados y un sargento armados de mosquetes.
—Lo cual quiere decir que no nos han visto —profirió Athos.
—Confieso que me repugna disparar sobre esos pobres ciudadanos indefensos —dijo Aramis.
—El que se compadece de los herejes es un mal sacerdote —repuso Porthos.
—Aramis tiene razón —exclamó Athos—; voy a avisarles.
—¿Qué diablos estáis haciendo? —dijo D’Artagnan—, van a fusilaros.