Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Aquellas cosas que mataban con un fuerte ruido desde lejos aterrorizaban a los mayas; y aunque algunos de ellos casi lucharon a brazo partido con los blancos, por fin dieron media vuelta y huyeron, llevándose consigo a los heridos. Siguiendo su estrategia, se dispersaron por la jungla para no dejar ningún rastro señalado hasta su ciudad; y los blancos, que se habían equivocado de dirección, se perdieron, pues es difícil orientarse en una densa jungla; y cuando llegaron a un declive pronunciado en la ladera de una montaña, creyeron que habían cruzado la montaña y estaban descendiendo por la ladera contraria.

Después de avanzar a trompicones en la espesa maleza durante una hora, de pronto llegaron al final de la jungla, solo para quedarse paralizados mirándose atónitos uno a otro, pues ante ellos se hallaba la playa y su propio campamento.

—¡Maldita sea! —profirió el coronel.

Cuando se acercaban al campamento, Tibbet fue a reunirse con ellos, con expresión preocupada.

—¿Ha ocurrido algo, Tibbet? —preguntó el coronel.

—Ya lo creo, señor. Acababa de regresar del Saigón con un montón de tablones y me he encontrado con que Schmidt y su grupo nos han robado todas las armas de fuego y la munición que quedaban en el campamento, así como una parte considerable de nuestras provisiones.


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