Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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—¡Qué canallas! —exclamó el coronel.

—Pero eso no es lo peor —prosiguió Tibbet—; se han llevado a miss Laon.

De Groote se quedó blanco.

—¿Por dónde se han ido, Tibbet? —preguntó.

—Playa arriba —respondió el segundo de a bordo—; probablemente han ido a su antiguo campamento.

De Groote, furioso y con el corazón partido, echó a andar.

—Espere —dijo el coronel—, ¿adónde va?

—Voy a buscarles —respondió.

—Van muy bien armados —explicó el coronel—. Usted solo no podrá hacer nada, y ahora no podemos prescindir de ningún hombre para que vaya con usted; es decir, no podríamos ir todos y dejar sola de nuevo a miss Leigh, con el riesgo de que esos diablos pintarrajeados puedan a tacar el campamento en cualquier momento.

—De todos modos, iré —replicó De Groote obstinado.

—Iré contigo —decidió Tibbet, y entonces otros dos marineros del Naiad también se ofrecieron voluntarios.

—Les deseo suerte —dijo el coronel—, pero por el amor de Dios, vayan con cuidado. Será mejor que entren a hurtadillas en el campamento desde el lado de la jungla y les disparen ocultos en la maleza.


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