Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —¡Cierra el pico! —espetó Mullargan—. Yo trato de olvidarlo.
Tarzán, como sabĂa que los waziri no estaban lejos detrás de Ă©l, regresĂł a la linde de la llanura para verlos. Solo, y a plena luz del dĂa, sabĂa que ni siquiera podĂa esperar rescatar a los estadounidenses del campamento de los babangos. Se pasĂł el dĂa entreteniĂ©ndose por la linde de la llanura; y entonces, al ver que no habĂa señales de los waziri, dio media vuelta y se dirigiĂł a travĂ©s de los árboles hacia el campamento canĂbal mientras el breve crepĂşsculo ecuatorial dejaba paso a la impenetrable oscuridad de la noche en la jungla.
Se acercĂł al campamento desde otra direcciĂłn, descendiendo hasta el riachuelo en el que las vĂctimas restantes aĂşn estaban sumergidas. Por encima del campamento, su olfato percibiĂł el olor de Numa el leĂłn y Sabor la leona; y despuĂ©s distinguiĂł sus formas abajo. Se deslizaban en silencio hacia el olor de carne humana, y estaban vorazmente hambrientos. El hombre mono lo sabĂa, pues el olor de un leĂłn con el estĂłmago vacĂo es muy diferente al de uno con el estĂłmago lleno. Todas las bestias salvajes lo saben; de modo que no es nada inusual ver leones que han comido recientemente pasar por entre una horda de herbĂvoros paciendo sin llamar la atenciĂłn más que de una manera despreocupada.