Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —TodavĂa me gustarĂa saber cĂłmo sabĂas que estaba muerto —dijo Gault.
—A mà también —dijo Ramsgate—. Debo decir que parece un poco sospechoso.
—Es muy sencillo —dijo Tarzán—, pero me temo que ninguno de ustedes lo entenderĂa. Soy Tarzán de los Monos. He vivido aquĂ casi toda mi vida, exactamente en las mismas condiciones que los otros animales. Los animales dependen de ciertos sentidos mucho más que el hombre civilizado. Tienen un oĂdo excepcionalmente aguzado. La vista de otros es notable. Pero el sentido más desarrollado es el del olfato.
»Si no se tiene al menos uno de estos sentidos muy desarrollado no se podrĂa sobrevivir mucho tiempo. Como hombre, que por naturaleza se encuentra entre los animales más indefensos, me vi obligado a desarrollarlos todos. La muerte tiene un olor peculiar. Es perceptible casi de inmediato despuĂ©s de que la vida haya cesado. Mientras me estaba calentando al fuego y hablando con el askari, el viento se hizo más fresco y cambiĂł. Trajo a mi olfato la prueba de que habĂa un hombre muerto a poca distancia, probablemente en una de las tiendas.
—TonterĂas —dijo Smith con indignaciĂłn.
Godensky se rio nervioso.
—Debe de pensar que también estamos locos, para creernos semejante historia.