Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Penelope Leigh miró a Tarzán de reojo y con aversión.

—¡Qué escándalo! —susurró a su sobrina, Patricia—; ese tipo prácticamente va desnudo.

—Es muy apuesto, tita —sugirió Patricia Leigh-Burden.

—No le mires —espetó Penelope Leigh—; y esa mujer…, ¿crees que puede ser su esposa?

—No, no parece una mujer salvaje —respondió Patricia.

—Entonces, ¿qué hace sola en esa jaula con ese hombre? —preguntó miss Leigh.

—Tal vez la han metido ahí por lo mismo que nos han puesto a nosotros aquí.

—¡Bueno! —resopló Penelope Leigh—; a mí me parece una mujer ligera.

—Ahora —gritó Schmidt—, estamos a punto de alimentar a los animales; todo el que no esté de guardia puede venir y observar.

Lascares y chinos, y varios tripulantes del yate, se agruparon frente a las jaulas cuando traían comida y agua; lo primero una mezcla indescriptible de aspecto poco apetitoso, cuyo contenido habría sido difícil de determinar, ya fuese por la vista o por el gusto. A Tarzán le dieron un trozo de carne cruda.


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