Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Miss Leigh se puso pálida y tuvo unas violentas náuseas; se sentó de pronto y pesadamente. Al coronel, propenso a tener los ojos desorbitados, se le desorbitaron todavía más mientras miraba con incredulidad la jaula contigua. Su sobrina se acercó a él y susurró:

—Me parece que nos están tomando el pelo, tío; he visto que él le guiñaba un ojo a la muchacha.

—¡Mis sales! —dijo entre jadeos miss Leigh.

—¿Qué ocurre, coronel? —preguntó Algernon Wright-Smith desde la jaula del otro lado.

—Ese diablo se está comiendo al capitán —respondió el coronel en un susurro que podía haberse oído a media manzana de distancia.

De Groote sonrió.

—¡Dios mío! —exclamó Algy.

Janette Laon volvió la cabeza para ocultar su risa, y Tarzán siguió desgarrando la carne con sus fuertes y blancos dientes.

—Te digo que nos están tomando el pelo —dijo Patricia Leigh-Burden—. No puedes hacerme creer que seres humanos civilizados permitirían que ese hombre comiera carne humana, aunque él lo deseara, cosa que dudo. Cuando la chica se ha vuelto, he visto que le temblaban los hombros: se estaba riendo.

—¿Qué es eso, William? —gritó miss Leigh cuando se oyó el rugido de un león procedente de la bodega.


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