Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Estoy llegando a ello. Como ya te he dicho (¿o no te lo he dicho?), era extraordinariamente apuesto: grandes ojos castaños llenos de honradez y una de esas sonrisas que garantizan un corazón de oro de veinte quilates. Como yo era joven y crédula, pensé que tenÃa un mÃnimo de discreción, asà que una noche lo besé con ardor cuando estábamos dando un paseo después de un baile en el Homestead de Hot Springs. HabÃa sido una semana maravillosa, lo recuerdo bien, con árboles exquisitos extendidos como espuma verde, o algo parecido, por todo el valle y una bruma que salÃa de ellos en las mañanas de octubre, como humo de hogueras encendidas para volverlos de color marrón…
—¿Qué pasó con tu amigo el de los nobles ideales? —interrumpió Anthony.
—Parece ser que después de besarme empezó a pensar que quizá pudiera conseguir un poco más, que no hacÃa falta «respetarme» como a esa encantadora chica de sus sueños a lo Beatrice Fairfax.
—¿Y qué fue lo que hizo?
—No mucho. Le di un empujón y se cayó por un terraplén de dieciséis pies de altura casi antes de empezar.
—¿Se hizo daño? —preguntó Anthony riendo.