Cuentos goticos
Cuentos goticos El señor Higgins sabÃa muy bien cómo mejorar la relación asà iniciada. SabÃa cantar una buena canción, contar una buena historia y era ducho en el arte de gastar bromas, dotado como estaba de esa aguda sensibilidad mundana que parece algo instintivo en ciertas personas, y que en este caso le indicaba a quién podÃa gastar tales bromas sin temer su resentimiento y con aplauso seguro de los más bullangueros, vehementes o prósperos. Al cabo de doce meses el señor Robinson Higgins era, sin lugar a dudas, el miembro más popular de la partida de caza de Barford; habÃa vencido a los demás por un par de cuerpos, como comentó su primer patrocinador, sir Harry, una noche cuando se levantaban de la mesa del comedor de un viejo hacendado cazador de la vecindad.
—Porque verá —dijo el hacendado Hearn, obligando a sir Harry a hacer un alto para hablar—, quiero decir que, bueno, este joven galán se está poniendo tierno con Catherine; y ella es una buena chica, y tendrá diez mil libras a su nombre el dÃa que se case, del testamento de su madre; y… perdone, sir Harry, pero no me gustarÃa que mi hija se echase a perder.