El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia »El día siguiente hice una cantidad de más de pasteles de miel. Comencé a anunciar mi mercancía paseándome por la calle, los pasteles tenían aspecto de estar bien cocidos y ser apetitosos. Al principio nadie parecía interesado y me desanimé, pero continué y cuando más tarde los hombres tuvieron hambre, empezaron a comprar y muy pronto la bandeja estaba vacía.
»Nana-naid estaba muy contento de mi éxito y me pagó mi parte gustoso. Yo estaba encantado de tener algún dinero. Megido tenía razón cuando decía que el amo aprecia los trabajos de un buen esclavo. Aquella noche estaba tan excitado por mi éxito que apenas pude dormir e intenté calcular cuánto podía ganar en un año y cuántos años necesitaría para comprar mi libertad.
»Pronto encontré clientes regulares paseándome con la bandeja de pasteles. Uno de ellos no era otro que tu abuelo, Arad Gula. Era vendedor de alfombras y las vendía a las amas de casa. Iba de un extremo a otro de la ciudad acompañado de un burro cargado de alfombras y de un esclavo negro que lo cuidaba. Compraba dos pasteles para él y dos para su esclavo, siempre se entretenía a hablar conmigo mientras los comían.
»Tu abuelo me dijo una cosa que recordaré siempre: “Me gustan tus pasteles, muchacho, pero me gusta aún más el ardor con que los vendes. Un espíritu así te puede llevar muy lejos en el camino del éxito”.