El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia —Soy vuestro humilde servidor —dijo Arkad con una reverencia—. Compartiré gustoso toda la ciencia que pueda poseer por el bienestar de mis conciudadanos y la gloria de mi rey. Haced que vuestro buen canciller me organice una clase de cien hombres y yo les enseñaré las siete maneras que han permitido que mi fortuna floreciera cuando no habÃa en Babilonia bolsa más vacÃa que la mÃa.
Dos semanas más tarde, las cien personas elegidas estaban en la gran sala del templo del Conocimiento del rey, estaban sentados en coloreadas alfombras y formaban un semicÃrculo. Arkad se sentó junto a un pequeño taburete en el que humeaba una lámpara sagrada que desprendÃa un olor extraño y agradable.
—Mira al hombre más rico de Babilonia, no es diferente de nosotros —susurró un estudiante al oÃdo de su vecino cuando se levantó Arkad.
—Como leal súbdito de nuestro rey —empezó Arkad—, me encuentro ante vosotros para servirle. Me ha pedido que os transmita mi saber, ya que yo fui, en un tiempo, un joven pobre que deseaba ardientemente poseer riquezas y encontré el modo de conseguirlas.
»Empecé de la manera más humilde, no tenÃa más dinero que vosotros para gozar plenamente de la vida, ni más que la mayorÃa de los ciudadanos de Babilonia.