Almas muertas
Almas muertas Tras esta conversación se despidieron y se separaron para ir a acostarse, no sin pensar cada uno en las genialidades del otro. Pero ¡oh prodigio! A la mañana siguiente, cuando el carruaje se acercó a la puerta y Chichikov subió a él con la agilidad de un militar, con su nuevo frac, corbata blanca y chaleco, y se dirigió a presentar sus respetos al general, a Tentetnikov le dominó una agitación como hacía tiempo no sentía. Todo el curso de sus ideas, como enmohecido y adormilado, adquirió de pronto una inquieta actividad. Una nerviosa agitación se apoderó repentinamente de sus sentidos, que hasta aquel momento habían estado sumidos en la modorra de la indolencia. Ora se sentaba en el diván, ora se encaminaba hacia la ventana, ora cogía un libro entre las manos, ora intentaba pensar —inútiles deseos, las ideas no acudían a su mente—, ora intentaba no pensar en nada, vanos esfuerzos, ya que fragmentos de ideas, a manera de cabos y rabos de ideas le asaltaban y le venían por todas partes a la cabeza. «¡Qué extraña, sensación!», pensó, y se aproximó a la ventana, donde permaneció contemplando el camino, que cruzaba un robledal, y en cuya lejanía podía distinguirse aún una nube de polvo, que no había tenido tiempo de posarse.
Pero dejemos a Tentetnikov y vayamos tras Chichikov.