Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Contempló pasmada aquella enorme noria de bueyes que daba vueltas sin cesar, haciendo temblar el suelo, como si se tratara de un terremoto. El ruido era ensordecedor, y al estruendo de las pisadas juntábase el mugido de los bueyes, cuando el círculo interior iba estrechándose y los cuernos de los animales empezaban a entrechocar. Mugiendo, bramando, moviéndose siempre, se produjo el choque de toda la masa interior bajo la presión de los que aún corrían en el círculo externo. Luego sobrevino el paro. El centro no pudo seguir moviéndose bajo la enorme presión, y poco a poco deteníase también la parte exterior. La noria había surtido su efecto; el hatajo blanco estaba exhausto, quieto, salvado.

Juana Withersteen esperaba en el cerro, con el corazón rebosante de gratitud. Por fin apareció Lassiter, subiendo lenta y fatigosamente la cuesta. Y por el otro lado veíase ya a un grupo de jinetes, con Judkins al frente. Por el momento, al menos, el hatajo blanco tendría quien lo guardara.

Cuando Lassiter llegó y puso la mano sobre la crin de Estrella Negra, Juana no supo qué decir.

—¡Cuánto lo siento! —exclamó Juana—. ¡Lástima! Ya sé que no encontraréis otro caballo como aquél; pero yo os daré cualquiera de mis corceles: Campanilla, Africano…, hasta Estrella Negra, si queréis.


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