Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Juana se retiró a sus habitaciones. Ni los presagios de desastre que sutilmente presentía Lassiter, ni el esforzado optimismo de Venters, retenían su atención. No pensaba en las pérdidas materiales, sino en la amistad de Venters. No la había perdido, pero había perdido al amigo. La amistad de Lassiter, más grande que su amor, también había de perdurar, pero el hombre no tardaría en alejarse de ella. La pequeña Fay adoraba a Juana. ¿La perdería también? Si fuese así, ¿qué le quedaría? La conciencia decíale que le quedaba la religión, que debiera arrodillarse para dar gracias por aquel bautismo de fuego; que mediante la desgracia, el sacrificio y los sufrimientos, su alma se salvaría. Mas ya no exaltaba el antiguo y espontáneo espíritu. Deseaba ser mujer, no una mártir. Juana Withersteen sentía en sí la fuerza de un martirio heroico si sacrificándose ella podía salvar el alma de los demás. Pero su clara mente le dijo, al fin, que cuanto más se sacrificaba más negra era el alma de los dignatarios de su Iglesia. Algo anómalo debía pasar en su alma, lo mismo que en los hombres de su religión, y en ésta misma. En el torbellino de sus pensamientos había, sin embargo, una brillante luz que mantenía viva su esperanza; y era que, a pesar de sus errores y, flaquezas, a pesar de su ceguera, Juana tenía inquebrantable fe en la suprema justicia, que era amor. «Ama a tus enemigos como a ti mismo», decía la palabra divina, libre por completo de sectas y de credos.


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