Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —SÃ, se ha marchado, gracias a Dios —repuso Juana—. Ahora tendré paz por algún tiempo. Lassiter, quiero que veáis mis caballos. Vos, que sois jinete, debéis conocer lo que son caballos buenos. Algunos de los mÃos tienen sangre árabe. Mi padre obtuvo los mejores de unos pieles rojas que aseguraron que sus caballos descendÃan directamente, y sin mezcla, de los que dejaron en América los españoles.
—Este que conducÃs es soberbio —dijo Lassiter contemplando con ojos de experto el espléndido animal que Juana llevaba.
—¿Dónde están los muchachos? —preguntó ella mirando en torno suyo—. ¡Jerd, Pablo! —gritó—. ¿Dónde estáis? ¡Sacad los caballos!
El ruido de las barras al caer hizo que éstos asomasen la cabeza por las ventanas del establo, resoplando y piafando al mismo tiempo. Luego empezaron a salir, uno tras otro, formando una fila de magnÃficos «pura sangre». Ya en libertad, echaron a correr por el enorme cercado, flameantes las crines.
A regular distancia del grupo se detuvieron y empezaron a aproximarse lentamente, enviando relinchos tÃmidos a su ama y resoplidos a los dos personajes extraños y a sus caballos.