Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Montaron a caballo y, con Juana delante, cruzaron la empalizada. Siguiendo el ancho camino del ganado, se dirigieron hacia el Oeste. Los perros de Venters corrÃan detrás. Por aquel lado del Rancho el panorama era distinto que en el opuesto; el terreno del primer término era más agreste, y la pradera más abrupta y de tono menos vivo; la mirada no tropezaba allà con la lÃnea oscura de los cañones, ni con la de las paredes roqueñas en lontananza. Todo el terreno era una ondulación infinita que se perdÃa en una grisácea claridad. Juana Withersteen dejó pronto el camino y penetró en la pradera. Poco después detuvo su caballo y se apeó. Los dos hombres hicieron lo mismo. Continuaron andando y por fin llegaron al borde de un pequeño declive. Juana se detuvo delante de una minúscula prominencia sombreada por una alta artemisa. Un jinete hubiera saltado por encima, del montÃculo sin reconocer en él una tumba.
—¡Aquà es!
Juana mostróse triste al decirlo, pero no dio ninguna explicación sobre el abandono de aquella tumba sin señal alguna. Sólo habÃa una mata de espliego en flor, plantada seguramente allà por Juana.
—Vengo aquà únicamente para recordarla y rezar por ella —dijo—, pero no dejo ningún rastro.
Lassiter contempló la tumba y luego miró al espacio. ParecÃa en aquel momento una estatua de bronce.