Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón —¡Maldición! Ese canalla de negro se ha llevado mis pantalones.
—Good, óigame —dijo sir Enrique— usted ha aparecido en este paÃs bajo un aspecto especial y ya debe sostener su papel. No creo que le convenga ponerse los pantalones; asÃ, pues, de hoy en adelante tiene que pasárselas en camiseta, con botas y el lente.
—Sà —continué yo— y con un lado de la cara afeitado y el otro no. Si usted altera su actual apariencia, creerán que somos unos impostores. Lo siento mucho, pero hablando seriamente, debe hacerlo asÃ. Es preciso evitar la más mÃnima sospecha, de lo contrario, nuestras vidas no valen ni un maravedÃ.
—¿Usted lo cree realmente as� —preguntome con triste resignación.
—Cierto que lo creo. Sus preciosas piernas blancas y lente son ahora las cosas más caracterÃsticas de nuestra partida, y como dice sir Enrique, debe pasárselo de esta manera. De gracias al Cielo por tener calzadas las botas y porque la temperatura es bastante templada.
Good suspiró y no hizo réplica alguna, pero necesitó de dos semanas para acostumbrarse a su nuevo atavÃo.