Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Era un recipiente de la misma familia que los que cubrÃan el hornillo de don Claude.
—¡Ah! —dijo el arcediano—, un crisol de alquimista.
—Tengo que confesaros —prosiguió maese Jacques con su sonrisa tÃmida y torpe— que lo he probado en el hornillo, pero no he tenido más éxito que con el mÃo.
El arcediano se puso a examinar el recipiente.
—¿Qué ha grabado en el crisol? Och, och! ¡La palabra que ahuyenta las pulgas! ¡Este Marc Cenaine es un ignorante! ¡Desde luego que no haréis oro con esto! ¡Sirve todo lo más para ponerlo en vuestra habitación en verano!
—Ya que hablamos de errores —dijo el procurador del rey—, acabo de fijarme en el pórtico de abajo antes de subir. ¿Vuestra reverencia está segura de que la abertura de la obra de fÃsica está representada en el lado del Hôtel-Dieu y de que, de las siete figuras desnudas que están a los pies de Nuestra Señora, la que tiene alas en los talones es Mercurio?
—Sà —respondió el sacerdote—. Lo escribió AgustÃn Nifo, ese doctor italiano que tenÃa un demonio barbudo que se lo enseñaba todo. En cualquier caso, vamos a bajar y os lo explicaré sobre el texto.
—Gracias, maestro —dijo Charmolue inclinándose hasta el suelo—. ¡Por cierto, se me olvidaba! ¿Cuándo deseáis que mande prender a la pequeña hechicera?