El hombre mediocre
El hombre mediocre Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle a complicidades indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para enemistar a dos amigos o para distanciar a dos amante. Sus armas son poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar una felicidad, destruir una armonía, quebrar ,una concordancia. Su apego a la mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia, desenvolviéndola hasta lo infinito, subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan irresponsable como esas alimañas que cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces de las flores más delicadas.
Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso le acoquina frente a los hombres sinceros, creyendo escuchar en cada palabra un reproche merecido; no hay en ello dignidad, sino remordimiento. En vano pretendería engañarse a sí mismo, confundiendo la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.