El hombre mediocre
El hombre mediocre Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como términos inconciliables. ¿Sólo podría ser virtuoso el rutinario o el imbécil? ¿Sólo podría ser ingenioso el deshonesto o el degenerado? La humanidad debiera sonrojarse ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por catequistas que adulan a los tontos; buscando el éxito ante su número infinito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes hombres se cuentan anomalías morales o de carácter, que no suelen contarse del mediocre o del imbécil; luego, aquéllos son inmorales y éstos son virtuosos.
Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima.
Si se concediera —y es mentira— que los grandes ingenios son forzosamente inmorales, no habría por qué otorgar a los imbéciles el privilegio de la virtud, reservado al talento moral.