De la pobreza al éxito
De la pobreza al éxito Sólo quien se ha liberado del ego y se siente feliz al saber que la vida y la muerte representan lo mismo, puede entrar en lo Infinito. Sólo quien ha dejado de confiar en su efímero ego y ha aprendido a confiar en mayor medida en la Gran Ley, en el Bien Supremo, está preparado para participar de la dicha eterna.
Para alguien así, ya no existe el arrepentimiento, la decepción ni el remordimiento, porque los sufrimientos no pueden existir donde todo el egoísmo ha desaparecido. Él sabe que cualquier cosa que le sucede es por su propio bien y está contento de dejar de ser el sirviente del ego y convertirse en el sirviente de lo Supremo. Ya no le afectan los cambios en la tierra; cada vez que escucha hablar de conflictos y de rumores de guerras, su paz no se altera. Y si los hombres tienen una actitud cínica, iracunda y pendenciera, él les otorga toda su compasión y su amor. Aunque las apariencias puedan negarlo, él sabe que el mundo progresa y que, si estalla una terrible tormenta, no tiene de qué preocuparse porque sabe que pronto desaparecerá.
Con sus risas y su llanto, con su vida y sus cuidados, con sus locuras y labores, tejiendo a la vista y sin ser advertido, del principio al fin, pasando por todas las virtudes y todos los pecados, enrollado en el gran carrete del Progreso de Dios, corre el hilo dorado de la luz.