El Alumno
El Alumno Era curioso que Pemberton hubiera adivinado que Morgan, aun cuando no decía nada al respecto, supiera que había pasado algo. Pero trescientos francos, sobre todo cuando se debe dinero, no podían durar eternamente; y cuando se acabó el tesoro —el chico supo cuándo se terminó— Morgan rompió el silencio. La familia había regresado a Niza a principios de invierno, aunque no a la encantadora casa de campo. Se instalaron en un hotel en el que se quedaron tres meses, y después se trasladaron a otro establecimiento, explicando que habían dejado el primero porque, tras mucho esperar, no les habían proporcionado las habitaciones que querían. Tales aposentos, sus ansiadas habitaciones, eran por lo general de lo más espléndido; pero afortunadamente nunca se las daban. Afortunadamente para Pemberton, quiero decir, pues éste siempre se hacía la reflexión de que si se las llegaran a dar quedaría aún menos dinero para gastos en educación. Lo que Morgan dijo por fin, fue dicho repentinamente, sin venir a cuento, cuando llegó el momento, en medio de una clase, y su contenido fueron estas palabras aparentemente indiferentes.
—Debería usted filer, ¿sabe? De veras debería hacerlo.
Pemberton se le quedó mirando fijamente. Había aprendido el suficiente argot francés de Morgan como para saber que filer significaba salir pitando.
—¡Ah, mi querido muchacho, no me despidas!