El Americano

El Americano

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—Pero debe usted terminarlo —dijo—. Terminer, ya sabe —y señaló la mano, aún sin pintar, de la imagen.

—Ah, será terminado a la perfección… ¡a la perfección de perfecciones! —exclamó mademoiselle; y, para confirmar su promesa, depositó un borrón sonrosado en plena mejilla de la Madonna.

Pero el americano frunció el ceño.

—Ah, demasiado rojo, ¡demasiado rojo! —replicó—. Su tez —dijo a la vez que apuntaba hacia el Murillo— es más delicada.

—¿Delicada? Oh, será delicada, monsieur; tan delicada como la porcelana de Sèvres. Voy a bajarle el tono; conozco todos los secretos de mi arte. ¿Y adónde nos permitirá que se lo enviemos? ¿Cuál es su dirección?

—¿Mi dirección? ¡Ah, sí! —y el caballero extrajo una tarjeta de su cartera y escribió algo en ella. Después vaciló un instante y dijo—: Sepa usted que, si no me gusta cuando esté terminado, no me veré en la obligación de adquirirlo.

La joven parecía ser tan buena adivina como él.

—Bueno, estoy segura de que monsieur no es antojadizo —dijo con una sonrisa pícara.

—¿Antojadizo? —y ante esto monsieur empezó a reírse—. No, no, no soy antojadizo. Soy muy fiel. Soy muy constante. Comprenez?


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