El Americano

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De hecho, Newman había declinado una invitación que le había hecho personalmente la princesa Borealska, una fisgona dama polaca a quien había sido presentado, por el motivo de que ese día concreto cenaba siempre en casa de la señora Tristram; su infidelidad a las antiguas amistades no era más que una teoría tiernamente perversa de su anfitriona de la Avenue d’Iéna. Necesitaba la teoría para explicarse cierta irritación moral que a menudo le rondaba; aunque si esta explicación es defectuosa habrá de ser un analista más profundo que yo quien ofrezca la acertada. Después de haber lanzado a nuestro héroe a la corriente que con tanta rapidez le iba arrastrando, parecía que sólo estaba satisfecha a medias de su celeridad. La señora Tristram había tenido demasiado éxito; había llevado a cabo su juego con demasiada inteligencia y ahora quería revolver las cartas de la baraja. Newman le había dicho, en su día, que su amiga era «satisfactoria». El epíteto no era romántico, pero a la señora Tristram no le fue difícil percibir que, en lo esencial, el sentimiento latente sí que lo era. De hecho, la concisión moderada y expansiva con que él pronunció estas palabras, junto con cierta expresión a la vez suplicante e inescrutable que emitieron sus ojos entreabiertos mientras apoyaba la cabeza sobre el respaldo de la silla, se le antojaron el más elocuente testimonio de un sentimiento maduro que jamás había presenciado. Newman, como reza el dicho francés[14], tan sólo contribuía a reafirmar la sensación que ella tenía, pero sus templados arrebatos producían un efecto singular en aquel ardor que ella misma había manifestado tan libremente varios meses antes. Ahora parecía dada a adoptar una opinión exclusivamente crítica de madame de Cintré, y deseaba dejar bien claro que no se hacía responsable de que ésta fuese un dechado de todas las virtudes.


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